dijous, 12 de novembre de 2015

Orhan Pamuk (2006), Estambul. Barcelona: Random House. Mondadori. Club de Lectura Biblioteca Can Manyer de Vilassar de Dalt



Pamuk consigue convencernos de que nadie ha contemplado Estambul como él.
La antigua Constantinopla es, en su obra, una inmensa metáfora de la melancolía –amargura, bilis negra, abandono, resignación– que impregna el modo de vida de sus habitantes.  O, mejor dicho, impregnaba porque quizás el Estambul actual esté cambiando.
Sin embargo, el autor está totalmente identificado con su ciudad tal como nos la muestra, en blanco y negro, llegando incluso a una fusión de tipo místico con ella:
"Cuando una profunda tristeza y una intensa amargura se filtran de la ciudad a mí y de mí a la ciudad, soy un muerto viviente, un cadáver que respira, un miserable condenado a la derrota y a la suciedad, tal y como me hacen notar las calles y las aceras." P. 363.
Prefiero considerar, como el mismo escritor propone, el Estambul de Pamuk como un luminoso segundo mundo que corre paralelo a su vida real, desde que de niño imaginaba que tenía un doble habitando en otro lugar de la ciudad. La misma sensación que tiene cuando visita la segunda casa de su padre con otra mujer, la sensación de llevar una doble vida más rica y plena. Quizás aquí aparezca un eco de la dedicatoria del libro al padre, un año después de su muerte.
Por otra parte, Orhan Pamuk ejerce de implacable memorialista que quiere comprender su evolución personal y la de su alter ego: Estambul.
Siguiendo su trayectoria vital nos narra que cuando aprendió a leer sintió que una especie de mecanismo constante se instalaba en su mente: "como una radio encendida en un estruendoso café". Más tarde, buscará leer-escribir el texto que dé sentido a su vida. Su obra es este texto rescatado de su doble vida interior en total sintonía con el pulso de la decadente ciudad.
"Todos tenemos en la cabeza un texto, en parte oculto, en parte legible, que le da significado a todo lo que hacemos." P. 333.
Del paisaje en descomposición sólo se salva el pedazo de mar que permite respirar en un ambiente saturado: El Bósforo al que se asoman las ventanas de la vida de Pamuk. Este pedazo de mar a caballo entre dos mundos que para él es:
"una fuente inagotable de bienestar y optimismo que te da salud y te cura, y que mantiene la ciudad y la vida." P. 80.




Me vienen a la memoria los versos de Paul Valery:
La mer, la mer, toujours recommencée
O récompense après une pensée
Qu'un long regard sur le calme des dieux.




Se apunta ya en este libro de recuerdos el fetichismo por los objetos que llevará a Pamuk a escribir y a crear el Museo de la inocencia, un intento de encriptar, recrear y dar un sentido al pasado. La visión del artista plástico está en la base de este amor por los vestigios que podríamos llamar pintorescos, siempre contemplados con ojos de pintor y que tienen en su propia naturaleza la condición de efímeros.
Me interesa más el Pamuk memorialista que cuenta anécdotas e historias, que retrata personajes, que hace revivir sensaciones y emociones, que siente una espiritualidad laica y que es capaz de analogías como la siguiente que, como sello de lacre, cierra esta nota:

"Como nada profundo había ocupado el lugar de la religión, el panorama espiritual de la familia estaba vacío como los solares cubiertos de escombros y helechos que dejan las viejas mansiones de madera después que las quemen y derriben despiadadamente." P. 212.